Malba: México moderno. Vanguardia y revolución.

Voy caminando por las salas del Malba (Museo de arte Latinoamericano de Buenos Aires) con la piel de gallina, mirando cuadros y meditando en qué momento fue que empezó a interesarme esto del arte. No es que sepa mucho del tema, ni entienda del todo lo que veo, pero cuando voy a un museo a ver algo que me gusta, el arte me sucede, como un acontecimiento, me pone la piel de gallina, como ahora, y alguna vez hasta me hace emocionar. Aunque no sepa bien el por qué.

Como decía, estoy caminando por las salas de la exposición “México moderno. Vanguardia y revolución” (se expone hasta el 19 de Febrero de 2018), y además de ver los óleos, las tizas, las tintas o las fotografías, voy viendo a la gente. Acá, en frente de un Rivera hay una señora pelirroja contándole a su hijo recién salido de la adolescencia la importancia de la aparición de un tejido mexicano en un cuadro de arte moderno, y lo que ello significó en aquella época.  Más allá, junto a “Fulang Chang y yo” de Frida, hay un espejo en el que la gente ensaya selfies más o menos originales.

Luego de un rato, me encuentro finalmente cara a cara con “Baile en Tehuantepec” y recuerdo la historia que se leyó en todos los diarios allá por el 2016 cuando Costantini la adquirió: había pujado por ella en una subasta en 1995, junto a “Autorretrato con chango y loro”  de Frida Kahlo, que hoy es parte de la exposición permanente del Malba. En aquel momento las finanzas no le daban para adquirir ambas, por lo que sólo se volvió con el Frida. Veintiún años después, aquel cuadro de Rivera volvería a estar a la venta para sorpresa del coleccionista argentino, y en dicha oportunidad se hizo de la obra de arte por 15,7 millones de dólares. Más de un año después, una tarde calurosa del verano porteño, me encuentro yo frente a este cuadro, con la piel de gallina otra vez, pensando en la cantidad de ojos que habrán observado lo mismo que yo a lo largo de todos estos años, quizás en el gran salón de alguna mansión, o quizás en una galería privada… y así me voy pasando la tarde entre historias imaginarias.

Sigo dando vueltas por el museo: hay un mural de Siqueiros que da una sensación de fortaleza que te atraviesa, me alejo, doy una vuelta, y vuelvo a verla, pero no deja de asombrarme. Por allá hay fotos de Rivera pintando alguno de los murales que este año pude conocer en persona en el DF mexicano, y eso si que me emociona. No podía faltar la Katrina, en la versión original de José Guadalupe Posada. Y hasta hay una sala exclusiva para el surrealismo mexicano: muchas cosas para aprender.

Se hace tarde y tengo hambre. El café de la planta baja ofrece un café más que respetable, y ahora estoy acá sentada pensando en que me gusta el Malba porque hay gente de todo tipo dando vueltas por acá. Al salir a la Avenida Libertador se escucha un avión despegando del cercano Aeroparque. Lo oigo pero no lo veo. Me paro en la esquina mirando el cielo, y ahí va un cóndor de Aerolíneas cruzando el celeste y blanco para despedirme antes de volver a casa. También es lindo viajar por Buenos Aires.

 

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