París: me veras volver

Se me escapó París; como la arena entre los dedos, como el colectivo antes de llegar a la esquina. Llegué, como todo el mundo, con ilusión, con demasiada expectativa. Pero ese era un viaje diferente a los anteriores: tres primas llevando a una tía de edad que no me gustaría mencionar porque si me leyera me mata, no es lo mismo que un viaje de a dos. La tía se lamentaba de todo lo que la hacíamos caminar, y nosotras de que no estábamos caminando lo suficiente.
También ayudaron los días de lluvia, ni un rayo de sol, y el shock de mal humor de algunos parisinos que parece que vivieran en uno de los lugares más sobreturistificados del mundo, que joder. Y entonces vi París detrás de la lente de mi cámara, desde arriba de un bus rojo y blanco, desde un taxi, desde abajo del paraguas. Se me escapó el París de las esquinas, el París del metro, de la mesa en la terraza, del mantel en el pasto bajo el sol. En una palabra, se me escapó por la ventana el París de la fantasía, y me llevé en la valija el de la más infame realidad: los chinos, las selfie, va te faire foutre.
Por todo eso, París, me verás volver; porque no acepto la realidad a medias, porque me quedó mucho por conocer, porque ahora sí ya vi Amelie, por el París de Cortázar, el de Hemingway, y el de Woody Allen. Me faltó la fantasía, y eso sí que no.

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