Mi primera tormenta y el Comandante Marcos

Estamos agotados. El viaje fue hermoso, pero hace seis horas que estamos en el aeropuerto. El vuelo que tenía que venir a buscarnos no salió de Buenos Aires por meteorología, y no estamos seguros de conseguir lugar en alguno de los vuelos de hoy. A los chicos de tráfico también se les nota el cansancio de haber lidiado todo el día con los pasajeros, y los mismos pasajeros están desparramados por el aeropuerto. Por fin nos llaman y nos dan las tarjetas de embarque para el próximo vuelo, el último del día.

Despegamos y enseguida trato de dormitar algo. Me vuelven las imágenes del vuelo de ida, antes del amanecer, cuando rozamos una tormenta sobre Uruguay. Por la ventana veía los rayos, pero no podía calcular a qué distancia estaban. Cómo era de madrugada y el resto de la gente dormía, terminé cerrado la ventana y los ojos yo también.

Una vez terminado el refrigerio, la tripulación vuelve a sus lugares porque en pocos minutos aterrizaremos. Sin previo aviso nos empezamos a zarandear para todos lados, saltamos de nuestros asientos,  nariz arriba y abajo. Algunas mujeres en el fondo gritan, un señor de la fila de atrás parece estar teniendo un ataque de pánico. Al lado tengo una señora que no para de decir:- “ay mi dios, ay mi dios, ay mi dios”. Pasa el peor momento, me atrevo a mirar por la ventana y veo relámpagos y el granizo que parece entrar a granel por el motor izquierdo. Trato de serenarme calmando a la señora de al lado :

– “Tranquila, ya pasa, teníamos que atravesar la tormenta.”

– ” Ah si? Ya te paso muchas veces esto?”

-” No, es la primera vez”

Pasamos la tormenta, ya estamos sobre la ciudad, pero no aterrizamos. De pronto, la voz del comandante Marcos, con un tono de voz que da la sensación de que estuviera tomando sol a la orilla del mar antes que tratando de aterrizar esta máquina del infierno, nos dice: -” Buenas noches, les habla su comandante, como podrán observar diluvia sobre la ciudad, estaremos en espera al rededor de diez minutos para ver si mejoran  las condiciones o procederemos a alternativa.”

Yo solo pienso que si nos llevan a Ezeiza vamos a llegar tardísimo a casa. Pasa unos minutos y vuelve la voz: – “queridos pasajeros, procederemos al aterrizaje ya que las condiciones han mejorado considerablemente”

Nadie le creyó, pero nos agarramos fuerte.

El comandante Marcos aterriza como un campeón. La gente aplaude nerviosa. Bajamos en posición remota, sorprendentemente no llueve.

Volviendo a casa, el taxi va a toda velocidad por las calles mojadas de la ciudad. Y yo voy pensando que era mucho más seguro estar arriba de ese avión, y qué hoy tuve mi primera turbulencia.

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