Recuerdos lejanos de un paseo en Iguazú

 

La primera vez que fui a Iguazú era todavía una niña. Fue en uno  de esos viajes que hice con mi tía y sus amigas, las “chicas”, y otros jubilados del mismo club. La pasábamos genial, y esos primero viajes fueron para mi la epifanía del “wanderlust” que hoy, alegremente, padezco.

Mariposa tomando sol.
Cruce de miradas.

El día que visitamos el parque nacional del lado argentino, mientras caminábamos por lo que hoy sé que se llama circuito inferior, me adelanté del grupo con todo el desenfreno de una niña de diez años, para llegar primera a ver el salto de agua que había al final. Cuando deshice mis pasos, por alguna razón no me crucé con mi tía, que iba en mi busca. Al llegar cada una al extremo sin ver a la otra, entramos en pánico: ella, por la idea de tener que volverse a Buenos Aires sin mí; y yo porque estaba por salir el gomón de la excursión que nos íbamos a perder si seguíamos demorándonos.

Comienzo del circuito inferior.
Pasarela por la que habré pasado a las corridas.

Al cabo de unos minutos, que para mí fueron siglos, mi tía apareció de entre la gente y después de cagarme a pedos un buen rato, nos subimos rápido al gomón.  Aún así, recuerdo que nos tocaron los peores lugares.

El paseo que estuvimos a punto de perdernos…
…Imperdible!

Muchos años después, caminando por el mismo sendero, trato de reconstruir el lugar de los hechos y me doy cuenta que la memoria de un niño es capaz de magnificar lugares y sonidos, para transformarlos en aventuras inolvidables.

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