A trescientos metros del infierno ruidosos que es la avenida Rivadavia a la altura del barrio de Flores, con sus caños de escape y sus millones de personas por metro cuadrado, se encuentra un bar notable, como un remanso de café espumoso y frasquitos de farmacia. Av.Directorio y Rivera Indarte. Avenida, sí. Pero más fluida que su paralela y con menos presencia de la industria colectivera.

 
Antes de entrar, le recomiendo al visitante continuar caminando hasta la esquina de Rivera Indarte y Bilbao, y tendrá ante sus ojos una de las esquinas más lindas de Flores, si hablamos de arquitectura. Hay una casa de estilo andaluz con  el frente de los escalones de la entrada recubiertos de mosaicos, con patio y fuente incluida. Enfrente, entre otras, dos casas que, ya no sé de qué estilo serán, pero que al rayo del sol de las diez de la mañana se ven como cuadros de Edward Hopper.


La calle Robertson comienza allí como un túnel de árboles que no tiene nada que envidiarle a otros barrios más afamados de la ciudad de Buenos Aires. En paralelo le siguen las calles Canwell, Bialet Massé y Cipolletti, también igual de encantadoras. Es que aquí comienza el barrio de las casitas que se construyó después de que la Municipalidad firmara en 1913 contrato con la Compañía de Casas Modernas, y que yo conocí primero por el libro de César Aira Las noches de Flores. No, no merezco ser llamada vecina de Flores.

 
Volviendo a La Farmacia, que así se llama porque eso es lo que era antes, desde 1950 y durante cincuenta años. Al mando era Don Mauricio Giwnewer en las épocas en que la gente consultaba antes al farmacéutico que al médico, y era aquel y no un laboratorio el que fraccionaba, componía y envasaba los medicamentos.

 
Pocos años mantuvo La Farmacia las persianas bajas. Fue un familiar quien reabrió en formato de bar, pero conservando la impronta original. Es por eso que se puede tomar un café junto a la cabeza pinchuda de geniol, y las vitrinas de madera que cubren las paredes están completas de frascos y botellitas con rótulos que dicen “pomada de azufre” o “fosfato de sodio”.


El café viene acompañado por el vasito de soda, y no de agua, menos de la canilla, como debe ser. El tazón de café con leche es grande, como Dios, o quien sea, manda. La atención es cortés. Las sillas no son todas iguales, por supuesto. Las mesas junto a una ventana son varias, por suerte. El noticiero de la TV está en silencio. Los ruidos de la calle entran brumosos por la puerta y las ventanas abiertas, indispensable en estos tiempos de corona. Pocas cosas más se pueden pedir. 

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